
CUENTO: El partido que nadie vió
txt e ilus: Facundo Fernández
Parecía que Argentina estaba perdida. Iba dos a cero abajo en el marcador, faltaban veinte minutos para el final del partido y le habían echado a tres jugadores. El seleccionado batallaba por despejar la pelota como podía, con los futbolistas que le quedaban, muchos de los cuales estaban lesionadísimos. Caramoidía pedía a gritos el cambio, retorciéndose de dolor en el césped, el director técnico le decía bajito para que los contrarios no escuchen: “Shh... hacete que estás bien, paráte y hace bulto así piensan que somos más”. No era un partidito común y corriente, se jugaba la final, la Copa Internacionalísima. El otro finalista era el seleccionado de Ucrania. Tenía un equipo soñado, soñado por el técnico la noche anterior, que era bastante esotérico y daba crédito a cuanta señal del más allá lograra sintonizar. Los Ucranianos eran férreos jugadores, entrenados en la tundra a veinte grados bajo cero con abrigos de piel que llegaban a pesar hasta 6 kilos, su masa muscular se había fortalecido de tal manera que los argentinos parecían de papel crepé cuando los otros le ponían el cuerpo o los tapones de punta. A los treinta minutos del segundo tiempo cuando ya todos daban por sentada la derrota, el técnico Argentino, muy apesadumbrado, mandó a calentar a un jugador que nadie conocía. El extraño llevaba el número diecisiete en la espalda. Reemplazó a Caramoidía que era quien a las claras necesitaba urgentemente atención médica. El desconocido tenía un porte mediano, y un rostro que dejaba más dudas que certezas a la hora de entrever su personalidad. Ni bien entró se situó convenientemente en el campo. El técnico, con la garganta atorada de sentimientos gritó: ¡¡¡Todas las pelotas a Tartuferri!!! Nadie había escuchado este apellido antes, por lo que todos supusieron que era el desconocido. El número dos alcanzó a robar una pelota y le tiró un exigidísimo pase a Tartuferri quien tomó el balón con una sutileza tal, que dejó boquiabierto a más de uno. El espectáculo que se sucedió a continuación, escapa a todo tipo de semántica y poética. Aquello era “Arte” mis amigos, un Arte que crecía en cada gambeta e invitaba al espectador a un recorrido por las emociones internas más profundas y sublimes. El primer gol lo metió desde treinta metros pegándole a tres dedos después de esquivar a tres rivales. En ese momento no me dí cuenta, pero luego llegué a pensar que tal era su superioridad futbolística que hasta podía darse el lujo de jugar con los números. Era el minuto treinta y tres. ¿Casualidad? Yo creo que aquella tarde nada fue casual. Tartuferri apenas festejó, y corrió hacia el centro del campo. Saludó con una mano a una jovencita rubia que lo miraba tristemente pero con una gran sonrisa desde la platea norte. El partido se hizo trabado, y los minutos pasaron rápidamente. En un descuido Tartu robó el balón y pasó entre catorce jugadores, diez contrarios y cuatro propios que le entorpecían el camino, para quedar cara a cara con el arquero, que para esa altura ya no entendía nada y quería dejar el fútbol. Le pegó una patadita a la pelota que entró por debajo de la cintura del guardabaya. El tercero, para hacer el juego más divertido, se lo dejó servido a un compañero. Ya sobre la última fracción del minuto que adicional, Tartu se puso serio, pisó la pelota en el medio campo y realizó la jugada más maravillosa que en todos mis años de periodista deportivo ví. Ver es un eufemismo, aquello se sentía en el alma, hizo estallar a todo el estadio en una vorágine de locura, descontrol y alegría cuando la pelota tocó la red. El silbato final, un ensordecedor grito de la multitud, papeles cayendo por doquier, el arquero contrario colgado del alambrado gritando el nombre de nuestro héroe, los Ucranianos tirados en el piso llorando como niños con un ojo puesto en su verdugo fantástico. Todo aquello como el lector podrá apreciar me caló muy profundo en el alma. Lloré ese día, incluso a partir de aquel momento empecé a plantearme la existencia de Dios. Ese fue el único partido que Tartuferri jugó en la selección, nunca se lo volvío a ver. La última véz que lo ví, era llevado en andas por sus compañeros, mientras todo el estadio coreaba su nombre Tartu! Tartu! Su mirada estaba como perdida en el horizonte, con los ojos tristes pero sonriendo, saludaba con una mano... en dirección a la platea norte.
- [sobre un texto de ezequiel vallés]
- [sobre un texto de ezequiel vallés]