CUENTO: LA COMPARSA
Ilus: Daniel Escudero
Txt: Sergio Campozano

Escuadrones de colegialas en uniformes cuadrillé y corbata rompen filas. Una jauría de enfermeras pulposas reparte besos sanadores en la esquina. Orientales importadas en kimonos diminutos comen empanadas jugosas y toman sake. Jóvenes en mamelucos atados a la cintura muestran sus torsos engrasados, sudorosos, trabajados a fuerza de fierro y criquet. Conejitas y Teletubis se entrelazan en una extraña danza sexual. Cerezas Gigantes buscan labios carmín que sepan besar y seducir como en un film de James Bond. Largos tapados de piel esconden todo lo que las nudistas atrevidas muestran y hasta los ciegos ven. Jefes sodomizados por sus secretarias. Gatos enredados en las medias de red de arañas lujuriosas. Carniceros exhibicionistas, orgullosos, cuelgan sus chorizos para que los vean las verduleras del otro lado de la calle, mientras ellas pudorosas, lustran sus melones. Niños armando rompecabezas de tres piezas con las baldosas de la vereda, al cantito de “90-60-90”.
Tríos y cuartetos de cuerdas acompañan a la Comparsa de la Fantasía. Tambores, bombos, platillos; murgueros desnudos sacuden sus cuerpos, víctimas de la gravedad, saltan, caen y vuelven a saltar con más ganas. Un Winnie Poo con las manos llenas de miel camina por las calles haciendo las poses del Kamasutra con preservativos de mil colores y tamaños diferentes.
Eva, la pochoclera muda, y su serpiente venden manzanas acarameladas a cambio de conocer las fantasías y dan de cambio, ojos de cerraduras mágicos, traídos de burdeles franceses por un tal Adán, vestido con hojas de parra secas.
El remolino de personajes se mezcla con el humo delator que escupen las chimeneas que asoman en las cabezas de los machos cabríos que se esconden detrás de cada árbol de la ciudad. Chetos y Grasas, Gordos y Flacos, Ricos y Pobres, y hasta una empleada pública de archivo y su compañera, forman un trencito carioca, que lentamente va tomando velocidad. Su maquinista, un pelado con la espalda peluda, los arenga a viva voz a echar más leña a la caldera. El tren comienza a tomar altura hasta perderse en un cielo rosado que poco a poco se va cerrando. Los truenos se transforman en gemidos y gritos, y la tormenta no se hace esperar. Gotas culonas se lanzan desde lo alto para empapar toda la comarca. Y todos, desnudos, disfrutan de la lluvia, sólo algunos corren, vergonzosos, a protegerse bajo los toldos, mientras una vieja junta el agua de lluvia para lavarse el pelo.
La lluvia pasa y la extraña Comparsa va llegando a su fin. Las calles han quedado tapizadas de suave peluche blanco y guirnaldas rotas; y yo inmóvil, no pude dejar de mirarte, imaginándote aquí, conmigo, de la mano, cómplices los dos de ésta locura de caleidoscopio, mordiendo una dulce manzanita acaramelada.