Cuento: "Pastilla Nuestra que estas en el frasco" txt: Miguel Angel Abud
Lihuen transitaba por los últimos escalones de la tarde, la gente pasaba ráudamente, sin reparar en su amilanado semblante. En una especie de despegue para su vuelo romántico, una morocha con ojos de ángel y caminar endiablado, cruzó su mirada con la de Lihuen y, como dándose una oportunidad para soñar, le dijo: “¡Qué linda que estás para jugar al doctor!” –“Me encuentro en perfecto estado de salud, y es por la sencilla razón de no mezclarme con atorrantes como vos.” –le dijo la curvilínea, con esa clara intención comercial de venderle un pasaje de ida a Villa Borrate. –“Pero mirá que soy un especialista: soy cardiólogo-poético, y además, manosanta: mis caricias erizan la piel, penetrando hacia el corredor de autopistas sanguíneas, llevando como destino el ruborizar del alma.” -“¡Por qué no agarrás el estetoscopio, te lo ponés en el marote y escuchas cómo juegan al ping pong tus dos patéticas neuronas, salame profesional!” –le dijo ella, mientras paraba un taxi, como para perdérsele mas o menos hasta la próxima reencarnación.
Las linternas de la urbe iban encendiéndose, a medida que el farol de fuego del sistema, despertaba ulteriores gajos del marrón térreo. La noche se había vestido de gala, con su negro trajecito a estrellas azules y su clásico lunar en el escote del firmamento, aunque desde la ciudad de los rascamiedos, sólo se contemplaba alguna que otra manchita fugaz. En ésta oportunidad, cruzó su mirada con un hombre (bueno, ¡eso parecía!), que le expetó una sonrisa con guiño incluido, en pleno rostro estupefacto de Lihuen. Esta vez el que tomó un taxi fue él. Pedro Morán y Condarco –le señaló al tachero, mientras encendía un nacional importado. Como si su estado de ánimo no fuera suficiente como para suicidarse bebiendo una lágrima de una fan de Bandana, el tachero estaba escuchando un depresivo radial: el noticiero de la noche. Le suplicó que pusiera algo de música, como para relajarse un poco. El conductor, mientras lo observaba por el retrovisor, cambió el dial a una emisora tanguera. -¡No, por favor, se lo suplico! ¡Por lo que más quiera, mi vida ya es una lágrima! ¡No me la haga más difícil! ¡Ponga algo lento en inglés, o clásica armónica, se lo ruego! El obrero del volante giró su cuerpo y preguntó: “¿Un día difícil?” “Extremadamente”, -contestó él, mientras expulsaba el aire de sus pulmones.-Se ve que usted no toma la pastillita. -¿Qué pastillita? -La de la felicidad. -No, disculpe, ¡yo no me drogo! -¿Y quién habló de drogarse?. ¡No son alucinógenos, psicotrópicos, somníferos, ni nada de eso! Lo único que producirán en usted, será buenas elecciones. Harán que usted no se detenga en lo negativo que este mundo de hoy nos ofrece, y sí que disfrute al máximo lo positivo, lo bueno, lo que le hace sentir bien y estarlo. ¡Mire el efecto en mi, manejo doce horas en medio de este quilombo y vea de qué forma lo hago: tranquilo, alegre, en paz! ¿Son realmente buenas esas pastillas? -¿Y por qué no las prueba? ¡No tiene nada que perder! -No, en realidad no ¡peor que ahora no puedo estar! ¿Y dónde las consigue? -Me las recetó un monje Llao Llao Lin, cuando estuve en el Tibet sudaka. -¿Y cuánto cuestan? -Veinte pesos el frasco. -Deme dos frascos. -¡Cómo no, sirvasé! Una por día y su vida será un canto a la alegría .-En la esquina, por favor. ¿Cuánto es el viaje? -Siete con veinte. -Bueno, aquí tiene cincuenta pesos. ¡Quédese con el vuelto y gracias, eh! Por nada, amigo. ¡Qué le vaya bien! –le dijo el tachero, mientras veía a su billetera al borde de un ataque de colesterol efectivo.
Al árbol del calendario, el viento del tiempo le sopló dos hojas, que fueron a parar al campo de la historia. Los días concebidos habían sido para Lihuen, como para Siddharta Gautama el meditar debajo del árbol: la iluminación. Todo cambió en su vida. Supo observar lo bueno que ella le ofrecía. Y lo tomó. Cambió el trabajo, se reconcilio con su ex, disfrutaba de su pequeño hijo, de los fines de semana en el mar, en fin: era felíz. Una tarde, apenas culminada su explotación (perdón, quise decir: su trabajo), paró un taxi, apurado para asistir a un partido de basquet infantil donde jugaba su hijo, y, ¿adivinen quién era el tachero? Si, el mismo. “¿Cómo andás, hermano? El conductor lo observaba, como si no recordara conocerlo. -Soy yo. El que te compró las pastillitas de la felicidad ¿Te acordás? -No, perdone, usted se confunde. -No, no me confundo. Yo nunca olvido una nuca. ¡No sabés hermano, lo bien que me hicieron! ¡Ando fenómeno! Necesito que me vendas más. . -Si, bueno, pero debido a la demanda, ha subido el precio –le dijo el tachero, como si la memoria se le hubiera acomodado al instante, al escuchar la grata propuesta del pasajero. -No importa cuanto salga. Dame diez frascos y llevame a Nazca y Asunción. -El viaje son siete con cincuenta y las pastillas, cuatrocientos pesos –le espetó el tachero. -Tomá... Cuatrocientos cincuenta pesos y mi tarjeta. Llamame en un par de meses para proveerme de más pastillas. Chau, amigo. ¡Suerte, y llamame, eh!
El tachero apagó su banderita de libre y enfiló su “techo amarillo” hacia “El Chino Africano”, café de tacheros cuyo nombre antitético se debe a una comparación entre los colores de las susodichas razas y los de los coches de alquiler en Capital Federal. Saludó a Tabaré, un uruguayo compañero de la tropa y le pidió al mozo un “michael jackson transparente (un cortado en vaso). ¿No sabés? -¿Qué? -Te cuento. Hace un par de meses le hice el verso a un pasajero, con unas supuestas pastillas de la felicidad, que no son otra cosa que aspirinas, a las que le borré la marca y las puse en frascos. ¡Y no va que hoy me para el tipo, y yo que no podía safar porque tenía un 36 adelante y un 1114 atrás...! Yo me hago el boludo... Pero el tipo me reconoce, y, ¡oh, sorpresa! Me habla maravillas y sucursal de Sodoma y Gomorra, creo todo! -Pa’ más, Taba, ¡le arranqué la cabeza! Se las cobré cuarenta pesos el frasco, diez frascos. -¡Hiciste el día, Jorge! -¿El día? ¡Hice la semana! ¿Podés creer tanta ignorancia, al servicio de mi mercantilista accionar? -Y...Es como yo siempre digo: “lo importante no es el objeto, sino el sujeto”. -¿Qué decís, Taba? -Que lo que importa, Jorge, no es el objeto de culto, de veneración, sino el sujeto de fé. Si un tipo cree en dios y cree que su manifestación se materializa mediante ceremoniales católicos, por ejemplo, va a introyectar dichos ceremoniales y los va a hacer conductores de su propia felicidad. Esto funciona así con las religiones, como también con los ritos, con lo esotérico, las brujas, las cábalas, la magia, los horóscopos, etc. ¡Hasta puede funcionar con pastillitas de la felicidad, Jorge! Lo importante es la fe en sí, y no dónde sea depositada. Lo que mueve al hombre es la fe. Lo externo, cuando no encuentra complicidad en lo interno, no es más que una anécdota para el alma. Creer o no creer, es la cuestión. -¿Y la razón donde entra, Taba? -¿La razón? ¡No seas iluso, Jorge! Si éste mundo se manejara por la razón ¿vos creés que estaría como está? -Y no... ¡Vos sí que la tenés clara, Taba! -¿Yo? ¡No creas, Jorge, no creas! Recién estaba pensando en comprarte un frasco. Por ser tu amigo ¿Me hacés precio?
Las linternas de la urbe iban encendiéndose, a medida que el farol de fuego del sistema, despertaba ulteriores gajos del marrón térreo. La noche se había vestido de gala, con su negro trajecito a estrellas azules y su clásico lunar en el escote del firmamento, aunque desde la ciudad de los rascamiedos, sólo se contemplaba alguna que otra manchita fugaz. En ésta oportunidad, cruzó su mirada con un hombre (bueno, ¡eso parecía!), que le expetó una sonrisa con guiño incluido, en pleno rostro estupefacto de Lihuen. Esta vez el que tomó un taxi fue él. Pedro Morán y Condarco –le señaló al tachero, mientras encendía un nacional importado. Como si su estado de ánimo no fuera suficiente como para suicidarse bebiendo una lágrima de una fan de Bandana, el tachero estaba escuchando un depresivo radial: el noticiero de la noche. Le suplicó que pusiera algo de música, como para relajarse un poco. El conductor, mientras lo observaba por el retrovisor, cambió el dial a una emisora tanguera. -¡No, por favor, se lo suplico! ¡Por lo que más quiera, mi vida ya es una lágrima! ¡No me la haga más difícil! ¡Ponga algo lento en inglés, o clásica armónica, se lo ruego! El obrero del volante giró su cuerpo y preguntó: “¿Un día difícil?” “Extremadamente”, -contestó él, mientras expulsaba el aire de sus pulmones.-Se ve que usted no toma la pastillita. -¿Qué pastillita? -La de la felicidad. -No, disculpe, ¡yo no me drogo! -¿Y quién habló de drogarse?. ¡No son alucinógenos, psicotrópicos, somníferos, ni nada de eso! Lo único que producirán en usted, será buenas elecciones. Harán que usted no se detenga en lo negativo que este mundo de hoy nos ofrece, y sí que disfrute al máximo lo positivo, lo bueno, lo que le hace sentir bien y estarlo. ¡Mire el efecto en mi, manejo doce horas en medio de este quilombo y vea de qué forma lo hago: tranquilo, alegre, en paz! ¿Son realmente buenas esas pastillas? -¿Y por qué no las prueba? ¡No tiene nada que perder! -No, en realidad no ¡peor que ahora no puedo estar! ¿Y dónde las consigue? -Me las recetó un monje Llao Llao Lin, cuando estuve en el Tibet sudaka. -¿Y cuánto cuestan? -Veinte pesos el frasco. -Deme dos frascos. -¡Cómo no, sirvasé! Una por día y su vida será un canto a la alegría .-En la esquina, por favor. ¿Cuánto es el viaje? -Siete con veinte. -Bueno, aquí tiene cincuenta pesos. ¡Quédese con el vuelto y gracias, eh! Por nada, amigo. ¡Qué le vaya bien! –le dijo el tachero, mientras veía a su billetera al borde de un ataque de colesterol efectivo.
Al árbol del calendario, el viento del tiempo le sopló dos hojas, que fueron a parar al campo de la historia. Los días concebidos habían sido para Lihuen, como para Siddharta Gautama el meditar debajo del árbol: la iluminación. Todo cambió en su vida. Supo observar lo bueno que ella le ofrecía. Y lo tomó. Cambió el trabajo, se reconcilio con su ex, disfrutaba de su pequeño hijo, de los fines de semana en el mar, en fin: era felíz. Una tarde, apenas culminada su explotación (perdón, quise decir: su trabajo), paró un taxi, apurado para asistir a un partido de basquet infantil donde jugaba su hijo, y, ¿adivinen quién era el tachero? Si, el mismo. “¿Cómo andás, hermano? El conductor lo observaba, como si no recordara conocerlo. -Soy yo. El que te compró las pastillitas de la felicidad ¿Te acordás? -No, perdone, usted se confunde. -No, no me confundo. Yo nunca olvido una nuca. ¡No sabés hermano, lo bien que me hicieron! ¡Ando fenómeno! Necesito que me vendas más. . -Si, bueno, pero debido a la demanda, ha subido el precio –le dijo el tachero, como si la memoria se le hubiera acomodado al instante, al escuchar la grata propuesta del pasajero. -No importa cuanto salga. Dame diez frascos y llevame a Nazca y Asunción. -El viaje son siete con cincuenta y las pastillas, cuatrocientos pesos –le espetó el tachero. -Tomá... Cuatrocientos cincuenta pesos y mi tarjeta. Llamame en un par de meses para proveerme de más pastillas. Chau, amigo. ¡Suerte, y llamame, eh!
El tachero apagó su banderita de libre y enfiló su “techo amarillo” hacia “El Chino Africano”, café de tacheros cuyo nombre antitético se debe a una comparación entre los colores de las susodichas razas y los de los coches de alquiler en Capital Federal. Saludó a Tabaré, un uruguayo compañero de la tropa y le pidió al mozo un “michael jackson transparente (un cortado en vaso). ¿No sabés? -¿Qué? -Te cuento. Hace un par de meses le hice el verso a un pasajero, con unas supuestas pastillas de la felicidad, que no son otra cosa que aspirinas, a las que le borré la marca y las puse en frascos. ¡Y no va que hoy me para el tipo, y yo que no podía safar porque tenía un 36 adelante y un 1114 atrás...! Yo me hago el boludo... Pero el tipo me reconoce, y, ¡oh, sorpresa! Me habla maravillas y sucursal de Sodoma y Gomorra, creo todo! -Pa’ más, Taba, ¡le arranqué la cabeza! Se las cobré cuarenta pesos el frasco, diez frascos. -¡Hiciste el día, Jorge! -¿El día? ¡Hice la semana! ¿Podés creer tanta ignorancia, al servicio de mi mercantilista accionar? -Y...Es como yo siempre digo: “lo importante no es el objeto, sino el sujeto”. -¿Qué decís, Taba? -Que lo que importa, Jorge, no es el objeto de culto, de veneración, sino el sujeto de fé. Si un tipo cree en dios y cree que su manifestación se materializa mediante ceremoniales católicos, por ejemplo, va a introyectar dichos ceremoniales y los va a hacer conductores de su propia felicidad. Esto funciona así con las religiones, como también con los ritos, con lo esotérico, las brujas, las cábalas, la magia, los horóscopos, etc. ¡Hasta puede funcionar con pastillitas de la felicidad, Jorge! Lo importante es la fe en sí, y no dónde sea depositada. Lo que mueve al hombre es la fe. Lo externo, cuando no encuentra complicidad en lo interno, no es más que una anécdota para el alma. Creer o no creer, es la cuestión. -¿Y la razón donde entra, Taba? -¿La razón? ¡No seas iluso, Jorge! Si éste mundo se manejara por la razón ¿vos creés que estaría como está? -Y no... ¡Vos sí que la tenés clara, Taba! -¿Yo? ¡No creas, Jorge, no creas! Recién estaba pensando en comprarte un frasco. Por ser tu amigo ¿Me hacés precio?
Agradecemos la participación de Miguel Angel, su buena predisposición y la charla de café que ninguna lluvía suspendería. Inconfundible, con su sonrisa picaramente averiada, su look, su bicicleta, sus importados nacionales, su voz de alquitrán, haciendo de las letras su herramienta de trabajo en talleres para adolescentes que adolescen y afisionados a las desveladas horas de radio. Miguel ... Muchas gracias.