MODA ¿el opio contemporáneo?

ilus y txt: Ignacio Artola | Viedma

Las distintas definiciones nos dicen que moda es una “costumbre que está en boga durante algún tiempo, en un determinado lugar”, “una práctica iniciada por una minoría prestigiada e importante, que llega a la sociedad y es aceptada por ella”, o “los gustos efímeros que condicionan costumbres y tendencias en cualquier aspecto de la vida”.

El fenómeno de la moda conlleva como condimentos básicos la mutación permanente y el sentido de la fugacidad. Aquello que “hoy” es moda, mañana ya no lo será, y esa veneración del presente, junto al olvido del pasado colectivo, es parte de su constitución.
Los mecanismos de la moda resultan de un engorroso entramado cultural, social y antropológico que conjugan a la vez complejidad y superficialidad, y que llevan a preguntar si es la moda un proceso de homogenización de gustos, de modos de comportamiento y de pertenencias culturales, o si es sólo una expresión pasajera que no debe ocupar ni preocupar.
Hay quienes ven a la moda como un método de asimilación de las minorías, como una especie de salvaguarda ante la segregación, mientras que otros no dudan en catalogarla como la destructora de la identidad y la creatividad.
Aún antes de tomar una u otra postura –o de hacer converger ambas en un solo predicado-, asaltan las preguntas: quien analiza el fenómeno de la moda, ¿no asiste a una contradicción?; quien busca identificarse –mostrarse al mundo y gritar aquí estoy-, ¿no lo hace, paradójicamente, ocultándose en un bosque, donde todos son iguales?, ¿o busca, en realidad, ocultarse en la moda, desaparecer frente a los ojos de todos?

La imagen sobre la cosmovisión

El origen contemporáneo de la moda estuvo ceñido a las élites sociales y a las vanguardias culturales, pero su democratización la ha hecho extensiva hacia toda la sociedad. Se convierte así en sucedánea de las religiones, por lo que deja de ocupar un espacio periférico para ubicarse en un lugar preponderante de la identidad y del imaginario social. Es decir que en los tiempos de la postmodernidad, la imagen ha primado sobre la ideología y la cosmovisión.
El filósofo venezolano Massimo Desiato interpreta que los objetos constituyen el sistema de signos por medio del cual nos presentamos en sociedad, juzgamos y somos juzgados, construimos una imagen -que refleja a la vez la percepción que tenemos de nosotros mismos y nuestras aspiraciones- que intentamos sostener y defender en las interacciones sociales.
Así, la globalización fue la consolidación de la moda como forma de vida; y la explosión de los medios de comunicación, su vehículo de infección. La intención de dinamitar las diferencias para decretar la igualdad, intenta imponerse a través de guerras, de dependencias económicas y de la dudosa liberalización de las industrias culturales.
Esa es la lucha planteada contra la cultura: el instante contra lo perenne. Al final del tiempo quedará una montaña de envoltorios, cáscaras acumuladas, pocas nueces, y la nada por doquier.
Y ese adoptar la nada es olvidar la esencia, el origen. Es abrigarse con las nuevas ropas del Emperador. Es la pérdida de la diversidad cultural, el soterramiento de la identidad y la expresión individual: cuanto mayor es la cultura, menos fuerza tiene la moda; e inversamente, cuanto mayor preponderancia adquiere la industrialización de los valores culturales, más crecen las modas y se licúan las identidades.
La moda busca su presa en el vacío, arropa la nada y nos engaña cual holograma, haciéndonos creer que eso que está ahí, frente a los ojos, tiene entidad real.
Es un juego de espejos en el reino de Narciso.

Están quienes compran los libros que todos leen; los que votan a los candidatos que todos eligen; es la necesidad de la manada, la seguridad de enfilar junto al resto hacia el mismo horizonte. Agachamos la cabeza, y antes del disparo, ya corremos enloquecidos nuestra carrera hacia el futuro; ¡Cuidado, el hoy ya es viejo!